Apatía 2.0

¿Quién no ha visto entre las actualizaciones de sus contactos mensajes del tipo “no sé de dónde me han salido tantos amigos” o “ya no me encuentro (a gusto) en este lugar”?

Se torna común apreciar que la fila de los apáticos hacia las redes sociales se engrosa.

No necesariamente digo que cierren sus perfiles: hay quienes dejan la ventana abierta para que todo aquel curioso se asome, mientras ellos, propietarios, o están durmiendo o han salido de casa y regresarán dentro de un rato. Todos tenemos a varios de ellos entre nuestros contactos.

Se podría decir que todos estos apáticos corresponden a la hornada de adoptadores tempranos que han puesto ya los ojos en otra herramienta. Pero en esta fila también hay gente perteneciente a los adoptadores tardíos, individuos recién llegados que también están sin ser.

Hay un poco de todo: los que se cansaron de gritar sus gustos, los que se cansaron de publicar sus fotos y videos, los que se cansaron de especificar dónde ponían el pie izquierdo, etcétera. Los cansados de proporcionar y recibir un soso “me gusta”. Recuerdo con esto aquella escena en que un ave de juguete, impulsada por un resorte, hace el trabajo de Homero Simpson: pulsar indefinidamente la misma tecla.

Muchas de esas marcas a las que damos el like o el  follow ya saben lo siguiente, así como varios de nosotros, pero un gran porcentaje de esos apáticos muy probablemente no: se debe proponer conversación. No sólo eso: determinar una personalidad a través de la conversación. Y un poco más: establecer objetivos para dicha conversación.

Una personalidad bien definida es escalón de acceso a la verdadera maravilla de las redes sociales: la agrupación por intereses. Así como se encuentra a los que tienen un reto virtual de autorretratos con una mueca distinta cada día, también están los que llevan un proyecto emprendedor y buscan colaboradores. Y cada grupo hallará el mismo placer en realizar estas actividades tan disímiles.

¿Entonces el apático porqué lo es? Quizá el apático sólo buscaba reacciones y no la agrupación por intereses. O quizá nunca tuvo una razón de peso al registrarse en tal o cual red social. Pueden ser mil motivos: se hastió y guardó silencio, a la vez que se fue a repetir la conducta en otra red.

La moda tecnológica y las emociones, igual que llevan al extravío, derivan en la inteligencia colectiva. ¿Debe orientarse al individuo, desde algún eslabón de la cadena educativa, para saberse posicionar en estos entornos y no terminar siendo un apático virtual, itinerante, o es una conciencia que cada cual debe alcanzar a su tiempo con base en su particular experimentación?

Me agradará conocer tu perspectiva.

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