Bajarle dos rayitas

Y ahí van esas vacas sagradas de nuestro entorno laboral, cadenciosas, pesadas, en su diario desfile, queriendo imponer con posturas, con gestos, con cejas alzadas, miradas severas y hasta perfumes extraños. No falta quién se deja impresionar.

Qué delicia es derribar tanta soberbia con la gratuidad de una sonrisa genuina, diciendo a todos ellos, sutilmente, “bájale dos rayitas”.

Pero no me refiero, sin embargo, a civilizar al otro. Me refiero, más bien, al reto que es otorgar esa sonrisa genuina. Bajando también dos rayitas a los propios humos.

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