La verdadera meta

Es invierno. Supongamos una ladera nevada, una montaña. En su cresta, un objeto pequeño, podría ser una piedra, movido por alguna fuerza, comienza a rodar hacia abajo. Conforme avanza, la nieve se le adhiere y su velocidad aumenta. Al llegar a la planicie, lo hace con tal masa y con tal impulso, que no puede menos que arrasar con todo lo dispuesto de manera natural en su trayecto.

En muchos de nosotros, así es el proceso cotidiano de tomar las decisiones, de dirigir nuestras acciones: una vez tenemos un propósito, buscamos consumarlo a toda costa, cuanto antes.

En no pocas ocasiones, así lo determinará el entorno laboral en que estemos insertos («orientado a resultados») y en el que muchas de las veces irá de por medio nuestra continuidad si no se alcanza tal o cual objetivo. Es todo o nada. La coerción como único aliciente: otros deciden mi curso y lo sigo contra todo; si lo varío estoy yendo en contra mía.

En otras tantas, y contraparte del anterior, tomaremos el cumplimiento de la tarea como una afirmación (o deseo) de poder ante los demás. Por afán de ser. Obsesión por dominar, sobresalir. Ambición. Nada importan los heridos en el campo mientras sea yo quien ize la bandera de conquista.

Pero no se cambia el mundo por la fuerza y, como administradores que somos, de cualquier nivel, en cualquier área, con frecuencia lo olvidamos.

A esa enorme bola de nieve, la fuerza que le ha permitido un paso devastador es la misma que le impedirá detenerse. Y adelante está el abismo.

No es la coerción, ni la ambición, el medio correcto para alcanzar objetivos. Ni el éxito es un fin.

¿A dónde hemos mandado el concepto de Ética? Sí, muy lejos.

La Ética no es éxito inmediato, pero debe ser la meta permanente de cualquier equipo de trabajo. La piedra primera del edificio. Lo demás, entre ello el éxito, vendrá por añadidura.

Es invierno. Supongamos una ladera nevada, una montaña. En su cresta, un esquiador inicia el descenso; timón de sí mismo, evade los obstáculos, completa su trazado previo y llega a la planicie. Aunque no hay abismo (¿quién esquía cerca de abismos?), sabe detenerse a tiempo. Intercambia opiniones con otros alpinistas y enriquece su experiencia con la de ellos. Regresa a la cima e intenta mejorar su descenso. La constancia y los logros, le confieren prestigio entre quienes le observan.

En varias ocasiones, al mencionar la Ética en mis círculos inmediatos, siempre hubo alguien que intentó advertirme, entre risas, ademanes, e incluso silencios, sobre la ingenuidad de tal concepto. Al poco tiempo, cayeron.

Es invierno. Como administradores, nos vendrían bien un par de esquíes. La Ética es la meta.

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