El estrés no se crea ni se destruye

Inevitablemente, involuntariamente, nos hemos «afiliado» al estrés. Estamos condicionados a él. Su presencia ofrece una prueba irrefutable de que toda acción conlleva una reacción.

Si lo representamos como un ejercicio de tiro al blanco, diremos que el arco en reposo es nuestra momentánea tranquilidad. Cuando dicho arco se ve tensado por la situación inesperada, carga su aguda flecha, el estrés, hacia nosotros, su único objetivo.

No hace falta la Estadística para saber que, al sentirnos vulnerados, nuestra reacción será visceral: palabras hirientes, conductas erráticas, malas decisiones.

La buena noticia es que podemos analizar este proceso de alteración, estas fracciones de segundo en que la calma se torna un caos total. Recurramos a la Fisiología para entenderlo (de forma sencilla, sin extendernos de manera enciclopédica) y hagamos una analogía con el reciente episodio mundialista conocido ya como «Mineirazo».

COMIENZA LA INVASIÓN

Cuando el estrés nos toca, la amígdala cerebral es su primer punto de conquista. Es la encargada de avisar a todo el organismo que se ha entrado en una situación de tensión, que no se había previsto.

Dependiendo de las características de nuestro factor estresante, de nuestro invasor, la amígdala originará en nosotros una de dos emociones: furia o miedo.

Si la intensidad de esta furia o este miedo es moderada, la propia amígdala enviará diversas señales a otros órganos, para responder adecuadamente al estrés. Pero si dicha intensidad es demasiado elevada, como decimos coloquialmente, nos volará los sesos.

En el reciente Brasil 1-7 Alemania, el primer gol germano, a los pocos minutos del primer tiempo, fue el detonante de estrés en el equipo carioca. Pero la suma de los 5 tantos recibidos en tan solo 29 minutos, instauraron en Brasil una situación de miedo.

SE VA HASTA LA COCINA EL BANQUILLO

El estrés ha iniciado el caos en la amígdala. Su siguiente escala es el lóbulo frontal del cerebro.

En condiciones normales, este lóbulo tiene a su cargo la planificación, dirección y el control de nuestra conducta. Permitiéndonos una analogía entre el organismo humano y un edificio corporativo, el lóbulo frontal constituye la oficina del director general, del CEO.

La amígdala entrega el reporte situacional y el lóbulo frontal proyecta planes de acción, de respuesta.

Pero es el festín del estrés, no lo olvidemos, y la amígdala es incapaz por ahora de procesar la sobrecarga de estímulos. Esta incapacidad implica la obstrucción de la función ejecutiva del lóbulo frontal: el jefe no puede planear, mucho menos instrumentar y dirigir.

Teniendo el marcador 0-5 en contra, el capitán brasileño no tiene idea de lo que pasa, ningún jugador brasileño. Están absortos. No pueden dar reporte preciso a su director técnico; es una situación no presupuestada. Y en consecuencia el hombre en el banquillo también es incapaz de preparar y dirigir una respuesta.

¿Qué puede esperarse ante la imposibilidad de razonar y estructurar una decisión?

SIMPATÍA POR NADA

Tras su paso por la amígdala y el lóbulo frontal, el estrés toca el Sistema Nervioso Simpático.

La función de este Sistema es preparar al organismo para un gasto importante de energía, recurriendo a la adrenalina como neurotransmisor.

Sin embargo, recordemos que no hay plan, el jefe (el lóbulo frontal) no puede pensar.  Y es precisamente la «descarga de adrenalina» lo que nos orilla a tomar una de las siguientes posturas de manera totalmente improvisada, meros impulsos, simples arranques: 1) pelear, 2) huir, 3) parálisis.

Pelear sin un plan de batalla, sin una estrategia. Pelear simplemente arrastrados por la furia, al golpear por golpear y recibir por recibir.

Huir sin haber buscado siquiera algún punto a favor, algún flanco débil del enemigo. Huir porque el miedo es total.

Parálisis, al no tener la capacidad de percepción y asimilación más básica sobre nuestro entorno y nuestra posición en él.

Después de los 5 goles y antes de irse al descanso, Brasil no peleó. Huir no podía. La adrenalina al equipo brasileño no le sirvió más que para la parálisis.

¿HA TERMINADO YA TODO? NO

Cualquiera de los tres impulsos que experimentemos entregará resultados desastrosos. Y entonces la flecha del estrés toca su blanco final: el Sistema Nervioso Parasimpático.

Este Sistema frena el arrebato, o la parálisis si es el caso, que representó la descarga de adrenalina. Devuelve al organismo su estabilidad y nos permite ir tomando conciencia de lo que ha pasado en fracciones de segundos.

Se ha recobrado la calma, pero lo único que ha pasado es el impulso, el arrebato. El problema de fondo, sigue latente. Eso es el gran triunfo del estrés: la permanencia.

Los quince minutos de receso fueron útiles al equipo brasileño para recuperar la calma, para hacer un rápido análisis y esbozar alguna táctica.

Si bien recibieron dos goles más, en el segundo tiempo los cariocas mostraron una actitud ligeramente recompuesta que les permitió incluso acercarse en varias ocasiones al marco alemán, y anotar a favor en una de ellas.

Terminó el partido, pasó el vendaval. Sin embargo, el estrés permanece: les han vencido 1-7 en su casa. A lidiar con ese hecho histórico.

EPÍLOGO

El estrés avanza por etapas. Primero, rompe el equilibrio al sobrecargar de emociones la amígdala cerebral. Luego, inhabilita la función decisoria y ejecutiva del lóbulo frontal. Por último, obliga a actuar por impulso.

El estrés, aunque avanza, permanece. Cambia sus campos de acción, pero nunca desaparece. Incluso cuando recuperamos un estado de equilibrio, hay un estrés por prolongar la duración de esta tranquilidad.

El estrés muestra debilidad en su fortaleza. Esto implica que, al tener las emociones como su arma fundamental, es precisamente con el control que hagamos de ellas, y con el reforzamiento de nuestros procesos de decisión, que controlaremos también al estrés.

¿Lo crees posible?

Agradezco tu lectura.

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